Cada vez resulta más habitual encontrarse a niñas y adolescentes que ocupan parte de su tiempo grabando sus rutinas de limpieza y cuidado de la piel para mostrarlo en las redes sociales. Productos y más productos que enseñan las menores con el aparente conocimiento de lo que hacen y recomiendan como si de las más reconocidas influencers se tratase. No obstante: ¿Tienen el beneplácito de sus padres para comprarlos y usarlos? ¿Son, tanto los padres como las menores, conocedores de lo que supone para la piel y la salud mental?
En la red social TikTok, también en Instagram, podemos visualizar a menores, generalmente entre los 11 y 17 años, compartiendo sus rutinas de belleza facial con productos que hasta ahora asociábamos solo a mujeres. Un estudio de InSites Consulting de 2022 señala que 1 de cada 4 consumidoras de tips de belleza adquirió algún producto tras visionar un vídeo de esa índole en TikTok.
En Estados Unidos se habló de un peligroso movimiento que afectaba a las niñas y que las relacionaba con una tienda de cosméticos y maquillaje en particular. «Sephora kids» o «Niñas Sephora» se las llamaba.
Rutinas de belleza, un mundo de adultos
“Muchas de mis compañeras de clase se maquillan ya con 12-13 años. Hablamos de cómo se limpia la piel cada una e imitamos a actrices o cantantes que nos gustan y que lo hacen en sus redes sociales”, cuenta Mireia, de 13 años.
Asegura ponerse mascarillas, correctores y tratarse la cara con geles limpiadores de su madre. “Mi madre está preocupada y me pide que no lo haga porque no lo necesito, pero a veces me sale algún grano o espinilla y quiero ocultarlo y uso algún producto que veo en las redes sociales”, confiesa.
Sabela, su madre, revela que ha preguntado en farmacéuticas y desaconsejan el uso de ese tipo de productos en menores. Además, apunta que ha decidido llevar a su hija al dermatólogo para que hable con ella y la asesore sobre lo que ella quiere. “No me gusta que lo haga, pero al igual que sus amigas, ven vídeos y publicidad en las redes sociales y es como una moda que quieren seguir sin conocer ni querer saber mucho más”, afirma.
Entrar en Sephora en el centro de la ciudad de Ourense ya invita a observar el vaivén constante de mujeres y jóvenes pidiendo asesoramiento sobre maquillaje y buscando algunos productos específicos para el cutis.
Desconocimiento entre los padres
Conoce el tema y asegura haberlo comentando con sus compañeras de trabajo: “Es habitual atender a preadolescentes y adolescentes con sus madres, muchas de ellas, con ideas concretas sobre productos y tratamientos que conocen y han visto en redes sociales, pero para los que no están formadas”. Destaca que, en un porcentaje mínimo, los padres “ponen el freno” ante las peticiones de sus hijas, más cuando las perciben con unas ideas tan claras sobre lo que buscan. “Los padres se pierden en ese mundo virtual en el que se sumergen sus hijas y todo lo que ven”, comenta.
Llama la atención que acudan a la tienda niñas de 8-9-10 años con sus madres tras ver esos vídeos en las redes sociales, saturadas de información y cuestiones que difícilmente pueden gestionar. Ante casos de este tipo Natalia manifiesta que procuran explicar lo que contiene cada producto y el daño que pueden ocasionar ciertos componentes en pieles tan sensibles e inmaduras. “No hay ningún producto ideal para pieles en esas edades, lo recomendable es limpieza e hidratación con productos sin retinol (activo cosmético) ni ácidos”, refiere.
De igual modo, Patricia, segunda encargada de la tienda Arenal en Ourense expone que tienen el conocimiento de que niñas y adolescentes de alrededor de 14-15 años van al establecimiento inspiradas, la mayoría, en los vídeos que consumen en las redes sociales. Expresa que intentan aconsejarlas y decirles si están equivocando en algo respecto a lo que ven “ya que no siempre funciona”. “No es recomendable utilizar retinol con 14 años, es para pieles adultas”. Por el contrario, constata que ver a niñas con sus padres representa que busquen un producto puntual, no tanto solicitar consejos profesionales frente a lo que descubren en las redes sociales.
El inagotable mercado de la belleza
Del informe de Statista de 2022 de nuestro país sobre Cosmética y perfumería conocemos que las ventas alcanzaron los 9.250 millones de euros, elevándose un 11,3% respecto del año anterior. La cosmética y perfumería abarca el 30% del mercado cosmético nacional.
La industria de la belleza llegó a los 504 mil millones de dólares en ingresos en 2022, atendiendo al Estudio Global de Belleza y Cosmética. Además:
El mercado de cosméticos se incrementó un 15% de 2021 a 2022.
La generación Y o millennials (población nacida entre 198-1996) representan el 36% de los consumidores mundiales que adquieren esos productos.
La materia del cuidado de la piel no para de crecer. Se estima que alcance a generar 177 mil millones de dólares en el año 2025.
La marca Lush, empresa minorista de cosméticos con sede en Reino Unido optó por abandonar las redes sociales Meta y TikTok y trabaja para despertar conciencias en lo que afecta a la protección de la salud mental. Como ejemplo, podemos leer en su muro: “El 70% de los niños que utilizan las redes sociales informaron que les hace sentir estresados, ansiosos y deprimidos”.
En febrero, desde la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) de España solicitaban al Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 y al Ministerio de Sanidad: “Regular cuanto antes la publicidad de cosméticos en redes sociales, especialmente cuando los influencers se dirigen a menores de edad, como ya está previsto hacer con los productos sanitarios”.
Peligros para la piel
Yendo más allá, expertos en dermatología y psicología advierten que el uso descontrolado de estos productos para la piel, es decir, la ‘cosmeticorexia’, pone en peligro la salud dermatológica a causa de sus componentes.
Respecto al tema tratado, María Jimena Martínez, dermatóloga infantil señala haber notado en los dos últimos años un aumento en el número de consultas de niñas a partir de 8-9 años. “Antes concurrían aisladamente algunas adolescentes, hoy recibo 1 o 2 niñas por día con esta inquietud”.
Suele tratarse de niñas que quieren utilizar productos de sus madres o que les solicitan a sus padres que les compren algunos, sin embargo, las familias prefieren consultar al servicio de dermatología para asesorarse sobre cuáles son más adecuados. “Las niñas, por norma general, visualizan los productos en TikTok sin saber específicamente si son apropiados para sus pieles”, continúa.
Sobre los daños que estas prácticas generan, la doctora destaca que el cuidado de la piel siempre es bueno cuando se utilizan los productos adecuados según edad y tipo de piel. “A esas edades no son necesarios los tratamientos antiage con ácidos y retinoides, excepto casos particulares de acné o rosácea que requieran tratamientos específicos”, recalca.
La dermatóloga refiere que en sus consultas refuerza la importancia de cuidar el cuerpo -no solo la piel del rostro- de manera integral con una alimentación saludable, la realización de ejercicio físico para evitar el sedentarismo y el uso de hidratantes y protección solar.
También recuerda que las redes sociales resultan un señuelo para la venta de esos productos por lo que hay que estar alerta y bien informado.
¿Obsesionadas con la perfección?
Obsesión por la belleza en niñas, adolescentes y personas adultas, dejándose llevar por todo lo que muestra Internet en las redes sociales o las películas buscando “una belleza perfecta, inexistente, buscando aumentar la autoestima a través del aspecto físico”. Y es que: “Existe una cantidad desorbitada de información relacionada con la belleza, la apariencia física y los estándares de belleza de la sociedad actual”, especifica.
Esta psicóloga indica que la mayoría de las menores carecen de habilidades y herramientas para diferenciar y cuestionarse esos mensajes y esa exposición constante a imágenes/vídeos que promueven esa idea de belleza. “Eso influye directamente en la autoestima, la imagen corporal y el bienestar emocional de las niñas”, argumenta.
La especialista en infancia y juventud entiende que es importante que las menores reciban la educación y la orientación adecuadas para ayudarlas a gestionar todo ese material de manera saludable y crítica.
Por consiguiente, las familias deben estar al tanto del comportamiento de sus hijas, evitar que se comparen con otras y hablar sobre lo que suponen las falsas o retocadas publicaciones en las redes sociales. Del mismo modo, resulta crucial trabajar la aceptación personal.
Cuidarse para estar y sentirse mejor es positivo, aunque deja de serlo cuando te hace sumirte en una realidad paralela a la que debes vivir.
Un nuevo trastorno llamado «cosmeticorexia» vincula la obsesión en menores de edad por el cuidado de la piel y el uso excesivo de productos cosméticos. ¿De qué se trata? ¿Qué puede hacer si ocurre en casa?
La obsesión por los cosméticos que genera ansiedad y depresión entre menores ya tiene nombre y preocupa a los psicólogos
Basta con hacer una búsqueda en redes sociales con las palabras “cuidado facial” para encontrar cientos de vídeos en los que niñas, niños y adolescentes se aplican maquillaje y productos como sérums con retinol o ácido hialurónico.
Limpieza, hidratación y protección solar. Una piel joven no debería necesitar mucho más que esos tres pasos para estar cuidada y saludable. Sin embargo, las redes sociales han desatado la fiebre por los cosméticos y el cuidado de la piel entre niñas, niños y adolescentes, que siguen a pies juntillas los consejos y recomendaciones de jóvenes influencers en TikTok sobre productos de belleza relacionados tanto con el maquillaje como con rutinas faciales que incluyen productos antiedad que no necesitan y que incluso pueden ser perjudiciales.
A esta adicción a la compra y uso de cosméticos se le conoce como cosmeticorexia y ya causa preocupación entre los profesionales de la dermatología tras un aumento en las consultas por irritaciones o incluso quemaduras a consecuencia de esta obsesión en menores de edad por la belleza y una piel perfecta, si bien los psicólogos también advierten de los problemas de autoestima y ansiedad que puede generar en edades tan jóvenes. De hecho, la prensa anglosajona ya ha bautizado como sephora kids a las niñas y adolescentes que compran cosméticos de forma compulsiva en esta conocida marca francesa. Basta con hacer una rápida búsqueda en TikTok con las palabras “cuidado facial” para encontrar vídeos con miles de reproducciones en los que se aplican maquillaje y mezclan productos como cremas reafirmantes, retinol, serum, colágeno o ácido hialurónico, ya sea desde Estados Unidos, España o América Latina. Se trata de un negocio que no deja de crecer.
En realidad, en España ya desde hace unos tres años, explica a Infobae la dermatóloga Ana Molina, las redes sociales comenzaron a inundarse de vídeos en los que personas inexpertas hablaban sobre el cuidado de la piel, recomendando sus rutinas cosméticas “con conceptos mal explicados” y animando a la gente a comprar ciertos productos. Pero lo que ha cambiado en los últimos meses es que muchos de esos vídeos los protagonizan adolescentes que, a través de la imitación de lo que ven, se maquillan y aplican productos antiedad, algo que en una piel tan joven “puede generar un efecto cóctel y provocar alergias e irritaciones, bien por ser inadecuados o porque contienen principios activos exfoliantes que ya son irritantes per se, más aún cuando no saben qué cantidad es la adecuada ni cómo hay que aplicarla”, añade la directora de comunicación de la Academia Española de Dermatología.
“No tiene ningún sentido que utilicen esos productos, porque en edades tan tempranas la piel solo necesita crema hidratante y un fotoprotector y, en el caso de que tengan acné, un producto limpiador suave o que contenga hidroxiácidos para exfoliar la piel”, asegura Molina. No obstante, sí hay casos en los que los dermatólogos recomiendan sustancias como los retinoides, que incluyen la vitamina A, para “tratar los primeros granos del acné en preadolescentes o alguna patología dermatológica como la psoriasis”, pero siempre bajo prescripción médica y sabiendo utilizarlos adecuadamente, “no por su cuenta ni combinándolo con muchos otros pasos” como se aprecia en los vídeos que suben a las redes sociales.
“Entre la dismorfia corporal y la adicción”
Esta presión estética por tener una piel perfecta no solo tiene consecuencias físicas, sino que también tiene un impacto en la salud mental de los más jóvenes, ya que la adolescencia es una etapa llena de inseguridades en la que se producen muchos cambios físicos y se está construyendo una identidad psicológica, de manera que esa presión puede provocar crisis de autoestima, ansiedad o depresión. En ese sentido, Consuelo Tomás, especialista en Psicología Clínica, recuerda que la autoestima de los adolescentes “está determinada por el número de likes” que reciben en redes sociales y, si no se sienten bien con su piel, “a veces ni siquiera quieren salir de casa”. En otras ocasiones, le dedican tanto tiempo a estas prácticas de belleza que su rendimiento académico se ve deteriorado, al igual que su descanso. “Todo esto les provoca problemas en el estado de ánimo como ansiedad e irritabilidad”, resume. De ahí la importancia de que la autoestima “no esté solo basada en valores superficiales, sino en que la persona se sienta bien”, por lo que la experta recomienda trabajar más la aceptación y no dar tanta importancia al aspecto físico.
La cosmeticorexia no tiene una categoría diagnóstica dentro de los trastornos de salud mental, explica Tomás, directora del Instituto Valenciano de Ludopatía y Adicciones no Tóxicas, por lo que algunos profesionales lo ven como una dismorfia corporal, es decir, cuando alguien no puede dejar de pensar en defectos de la apariencia, mientras que otros lo consideran una adicción. En realidad, la cosmeticorexia “reúne los criterios de una obsesión por tener un cutis perfecto, lo cual hace que se acaben teniendo comportamientos adictivos”, indica Tomás, que asegura que esta práctica tiene similitudes con la vigorexia, el trastorno que lleva al límite la obsesión por el estado físico, sobre todo en el caso de los chicos.
Te puede interesar: María Branyas es la mujer más anciana del mundo y vive en España: acaba de cumplir 117 años
“Las chicas se preocupan más por su rostro que los chicos, que generalmente tienen más problemas con su imagen corporal porque quieren cuerpos musculados. En cualquier caso, la cosmética y la vigorexia comparten una obsesión por querer un cuerpo maravilloso y en ambas hay una preocupación excesiva por defectos o imperfecciones a los que normalmente otras personas no darían ninguna importancia”, añade la experta. Si bien recuerda que la aceptación y aprobación social por el grupo de iguales es especialmente relevante en la adolescencia, en estos casos “solamente se busca el sentirse bien y pensar que los demás van a aceptarte en función de una apariencia física y de un cutis facial impecable”.
Como sucede con otro tipo de adicciones, a las personas obsesionadas con el uso y compra de cosméticos también les cuesta reconocer el problema, pues aunque admitan el hábito, no lo consideran una dependencia. En el caso de los menores de edad, Tomás recuerda que tampoco se trata de una fase, “sino de algo serio”, porque una cosa es que los preadolescentes y adolescentes “estén en una edad donde exhiban sus cuerpos o se maquillen” y otra muy diferente es que “se les escape de las manos y no puedan dejar de hacerlo”. Y aunque cada caso es diferente y no se puede generalizar, los expertos siempre recomiendan acudir a un psicólogo, buscar ayuda profesional.
Cómo prevenir la ‘cosmeticorexia’ en menores: limitar el uso de la tecnología y trabajar su autoestima
El abuso de productos de belleza en niñas y adolescentes puede dañar su piel, además de provocar ansiedad o trastornos alimentarios. Cuando la situación supere a los progenitores, lo mejor es acudir a un experto que ayude a sus hijas a gustarse tal cual son o a cultivar sus relaciones sociales
La evidencia científica avala que los adolescentes y preadolescentes no deberían tener libre acceso a las redes sociales. Esta afirmación se sustenta en diversos estudios, comoVentanas de sensibilidad del desarrollo a las redes sociales, publicado en 2022 en Nature Communications, o el tituladoAsociación de conductas habituales de control en las redes sociales con el desarrollo cerebral funcional longitudinal,publicado en 2023 por la Sociedad Americana de Psicología. Ambas investigaciones refieren que la exposición a estas plataformas puede alterar tanto el bienestar emocional como el desarrollo neuronal de los menores en edades comprendidas entre 12 y 18 años.
Pero estas no son las únicas razones para limitarles el acceso a las redes. A ellas se puede añadir la capacidad que tienen los menores para dejarse influir por lo que ven, por ejemplo, de otros adolescentes, recién convertidos en influencers. Esa es una de las consecuencias que está teniendo la aparición, sobre todo en TikTok, de chicas de 15 o 18 años (pero también de 10 y 12) recomendando cosmética, cremas y maquillaje a un público de apenas 10 años.
Esta situación ha creado un nuevo trastorno de salud mental en niñas púberes: la cosmeticorexia. Es decir, el interés desmedido por el uso de cosméticos y productos de cuidado facial, a menudo perjudicial para una piel tan joven. “Sorprende observar en la consulta la cantidad de adolescentes que han introducido gran número de productos en su rutina cosmética diaria”, cuenta Elia Roó, dermatóloga y miembro de la Academia Española de Dermatología y Venereología. Tal y como explica, el mal uso de estos productos se debe a que las adolescentes no suelen consultar al dermatólogo, sino que se guían por las redes sociales y utilizan cosméticos destinados a la piel adulta. “La consecuencia es que acuden a la consulta por presentar dermatitis irritativas producidas por productos con altas concentraciones de ingredientes activos, como retinol o alfa hidroxiácidos, que no saben utilizar, o por un exceso de productos cosméticos y maquillajes comedogénicos [que producen exceso de grasa] que les empeoran el acné”, explica.
“El uso de cremas y sérums con este tipo de ingredientes, útiles para prevenir el envejecimiento, puede llevar a la piel a desarrollar patologías dermatológicas (dermatitis, irritaciones cutáneas o incluso intolerancia al sol) a medio plazo, porque la piel de una adolescente de 13 o 14 años solo necesita en su rutina una buena limpieza, una hidratación y añadir siempre un fotoprotector”, asegura por su parte Pilar Pérez Rivas, directora del máster en Formulación Cosmética y Dermofarmacia de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). “Sin embargo”, continúa Pérez, “en los últimos años hemos visto un incremento importante de estos casos de chicas completamente adictas al maquillaje y la cosmética, que viene dado por las recomendaciones de influencers”.
Estas son las consecuencias dermatológicas. Pero también las hay en lo que se refiere al bienestar emocional. “Poner la esencia de la felicidad en lo estético ya es un error educativo muy grave. Pero si, además, se suma la necesidad desproporcionada y cada vez mayor del uso de productos para sentirte guapa y gustar a los demás (que de eso se trata), empieza a ser un problema”, sostiene la psicóloga infantojuvenil y de familia Mara Cuadrado. Esta situación se agrava cuando se convierten en influencers.“Muchas niñas y adolescentes, cuando tienen un número de seguidores significativo en sus redes, se ven atrapadas en un mundo virtual donde pierden no solo su infancia, sino también el control de sí mismas”, añade. Cuadrado explica que es en ese momento cuando comienzan los problemas de ansiedad: “Incluso se generan otros problemas añadidos como posibles trastornos de conducta alimentaria o problemas de absentismo escolar, puesto que anteponen la realización de sus vídeos a cualquier otra actividad académica o familiar”.
Por otro lado, al ser personas en pleno proceso de crecimiento son más vulnerables a lo que les entra por los ojos. “Cuando cada día abren sus redes, les impactan estas publicaciones y estos reels en los que aparecen imágenes de chicas perfectas y se convencen de que ellas también deben transmitir esa perfección. Y eso se convierte en un problema”. Hay que tener especial cuidado con las menores con baja autoestima: “Así como también con las chicas con cierta adicción a la tecnología, que quieren a toda costa ser populares o que sueñan con una piel perfecta y un pelo perfecto”.
En cualquier caso, hay que diferenciar los comportamientos de ensayo de roles adultos (niñas pequeñas que ocasionalmente cogen la laca de uñas de su madre para pintarse las suyas) de los menores que hacen de los cosméticos y productos de belleza una adicción: tienen que exhibirse con ellos, tienen que influir en sus seguidores o amigas; y, en ocasiones, no pueden salir a la calle ni ir al colegio sin su rutina de belleza diaria.
La prevención, en manos de los padres
Limitar el uso de la tecnología, fomentar que tengan una buena autoimagen, evitar que quieran pertenecer al mundo adulto tan rápido, educar sobre la protección de la imagen y enseñarles formas alternativas a la tecnología como ocio son, para Cuadrado, algunas de las armas con las que cuentan los padres para tratar de evitar la cosmeticorexia. “Aunque no se puede evitar que al llegar la adolescencia se interesen más por su aspecto, sobre todo cuando comienzan con los problemas de acné o de pelo graso”, subraya esta psicóloga. “Es entonces cuando buscan soluciones y a veces llegan a obsesionarse por este tipo de propuestas que prometen lo inalcanzable”, prosigue. “Por eso es tan importante recordarles que no todo lo que se ve en redes es cierto”.
Cuadrado expone que la mejor forma de ayudar a estas jóvenes es hablar con ellas sobre la necesidad a la que responde esa obsesión: “Detrás de estos excesos suele haber soledad, chicas que pasan demasiado tiempo solas en una habitación, sin adultos que interaccionen con ellas”. La psicóloga añade que estas menores suelen sentir también inseguridad, deseos descontrolados de influir en los demás o de ser admiradas, reconocidas y aceptadas. Esta experta recomienda a los padres y madres que busquen un profesional de la psicología que ayude a sus hijas a gustarse tal cual son, a no necesitar seguidores, a cultivar el buen humor, la inteligencia o las relaciones familiares y sociales: “Y, por supuesto, acudir a un dermatólogo que les ayude con los problemas de piel y no a un esteticista”.
Hay actualmente una tendencia llamada cosmeticorexia, que define a las niñas y adolescentes que realizan un uso compulsivo e indiscriminado de cosméticos. En una especie de obsesión que puede llegar a ser peligrosa para la piel.
Cada piel y cada circunstancia tienen su tratamiento, pero en la adolescencia temprana y en la niñez estos tratamientos no suelen ser necesarios.
Solo en el caso de la tendencia al acné o a la sensibilidad excepcional, como puede ser el caso de la atopia, es imprescindible ayudar a la piel a repararse. Lo que sí es necesario desde bebé y a cualquier edad es la fotoprotección, para evitar el cáncer de piel y el envejecimiento prematuro.
En los inviernos secos de la meseta puede ser aconsejable utilizar cremas corporales probióticas que contengan aceites orgánicos como el argan, o el de cacay cuando los adolescentes se sienten la piel excesivamente secas. Pero muchas veces un pequeño cambio de hábitos disminuyendo la temperatura del agua de la ducha y reduciendo un poco la cantidad de gel o de jabón consigue que la sensación de tirantez desaparezca. La piel adolescente suele ser bastante autosuficiente.
¿Qué es lo que nunca debemos tolerar en un adolescente?
En primer lugar son absolutamente desaconsejables el uso de activos antienvejecimiento como el retinol, los ácidos frutales, el DMAE y otros muchos que no van a hacer más que irritar y alterar la epidermis.
Los adolescentes tienen una piel mas débil y más inestable.
Tampoco es recomendable el uso continuado de maquillajes y más si estos son cubrientes y tapan demasiado el poro. Además, si no se retiran, pueden ocasionar tendencia al acné.
Y por supuesto es totalmente inaceptable la aplicación de orina, pasta de dientes y una serie de substancias completamente ajenas a la piel y que pueden provocar infecciones , irritaciones y todo tipo de problemas.
Todos sabemos que la adolescencia es una etapa vital de búsqueda e inestabilidad, donde las pequeñas adicciones se multiplican. Y donde es muy fácil manipular a las personas. Por eso, en los temas de salud, y este. lo es sin ninguna duda, hay que asesorar y guiar explicando con claridad qué es y qué no es útil así como remarcar los peligros que hay que evitar.
Estamos creando una sociedad de adolescentes obsesionadas por las cremas antiarrugas.
Es posible que hayas oído hablar de los «Sephora Kids». Según los expertos, esto es lo que hay detrás de las hordas de adolescentes y preadolescentes, sobre todo chicas, obsesionadas con el retinol y otros productos antienvejecimiento.
Últimamente mi espejo está haciendo cosas raras. Mi pelo se está volviendo blanco. Se me han marcado pequeñas líneas alrededor de los ojos y se me están formando grietas entre las mejillas y la boca, inconfundibles líneas de marioneta que mi rostro de 43 años ya no puede ocultar. ¿Necesito mejorar mi rutina nocturna?
Un vistazo rápido en Internet revela que tengo una compañía aún más extraña: los preadolescentes obsesionados con la edad. Los llamados «niños Sephora» han estado bombardeando la tienda de belleza, y otras similares, con sus dólares a cambio de pociones antienvejecimiento que creen que les mantendrán jóvenes para siempre, y tanto los clientes de Sephora como los comentaristas culturales están preocupados por esta tendencia.
¿Son estos buscadores de rostros arrebatados en miniatura en busca de una prematura fuente de la juventud un presagio de cosas aún peores por venir, o simplemente reflejan una realidad superficial alimentada por las redes sociales, los filtros y el product placement?
«Estamos vendiendo la idea de que todos estamos en contra del envejecimiento, porque deberíamos tenerle miedo y, mejor aún, luchar contra él», me dice Laura Hurd, socióloga y profesora de la Universidad de Columbia Británica (Canadá).»
Bonanza del marketing de belleza
No puedo burlarme de esta tendencia. Yo también fui una niña impresionable y, cuando era preadolescente y adolescente a principios de los 90, recuerdo perfectamente que llevaba mis ganancias de haber trabajado como canguro al centro comercial, me compraba un cucurucho de helado y me aparcaba en el suelo junto al revistero para leer todas las revistas para adolescentes de principio a fin.
Estas revistas me enseñaron que mi trabajo consistía en tener una «cara fresca» y encantadora, en disimular ingeniosamente cualquier atisbo de grano o de nariz brillante, que mi caché social y mi felicidad futura podían verse amenazadas por las ojeras o las pecas, que tenía por millones y que estaba convencida de que me condenaban a ser una paria eterna. Pero nunca se me ocurrió usar la crema Olay de mi madre.
Esto no sorprende a la historiadora Kathy Peiss, autora de Hope in a Jar: The Making of America’s Beauty Culture [La esperanza en un tarro: así se creo la cultura de la belleza americana]. Su investigación muestra cómo los niños y los adolescentes (especialmente las niñas) fueron absorbidos por la bonanza comercial del siglo XX.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, el maquillaje se comercializaba sobre todo para mujeres a partir de los 20 años, y muchas personas recurrían a brebajes caseros para perfeccionar su cutis. Pero a partir de la década de 1940, las empresas de cosméticos empezaron a inclinarse por la segmentación del mercado y a diseñar publicidad sólo para adolescentes y niñas. Ambos grupos demográficos tenían sus «propios» productos estrella: productos para combatir el acné y artículos de moda para adolescentes, y estuches de maquillaje de juguete para las más pequeñas.
Mientras tanto, los productos antienvejecimiento eran cosa exclusiva de mujeres mayores deseosas (o desesperadas) de conservar su aspecto, y probablemente por eso a otras adolescentes y a mí nunca se nos ocurrió comprarlos.
Hoy en día, los remedios contra el acné siguen estando dirigidos a los adolescentes. Pero las redes sociales también los exponen a influencers del mundo de la belleza, figuras públicas que hablan abiertamente de su uso de productos antienvejecimiento para la piel, bótox y otros procedimientos cosméticos. La omnipresencia de estos productos (promocionados por los vendedores como «santos griales» para los consumidores) significa que hoy es más probable que los adolescentes los elijan. El fenómeno está tan extendido que los gigantes de la cosmética se están distanciando de él: Unilever incluso ha lanzado una campaña «para proteger la autoestima de las chicas de las presiones de los productos antiedad para el cuidado de la piel».
Un espejo deformado por los filtros
El mito de mi juventud de que un rostro sin imperfecciones era preferible y fácil de conseguir se alimentaba de imágenes retocadas que fomentaban la ilusión de que otras personas poseían realmente esas perfecciones.
Resulta que esta técnica es tan antigua como la propia fotografía. A mediados del siglo XIX, cuando la fotografía había evolucionado hasta el punto de que se podían ver todas las arrugas y poros, la gente empezó a pedir a los fotógrafos que retocaran sus imperfecciones con aerógrafo o, literalmente, con pintura, explica Peiss. «Lo que es diferente ahora», dice; «es que está al alcance de todos».
Aplicaciones como Facetune y las sencillas herramientas de edición fotográfica que vienen de serie con todos los smartphones han hecho que sea más fácil que nunca conseguir ese rostro sin defectos ante la cámara. La omnipresencia de los filtros ha provocado incluso su propio movimiento contrario, #nofilter, en el que la gente dice publicar fotos «sinceras» de sus rostros sin filtros. Pero la tendencia #nofilter está mucho menos extendida de lo que parece: los estudios sugieren que hasta el 90 por ciento de la gente edita sus selfies antes de publicarlos.
Esto tiene consecuencias en el mundo real: en un estudio publicado en 2023, los participantes que editaban sus fotos tenían más probabilidades de percibirse a sí mismos como menos atractivos. También practicaban lo que los teóricos llaman autobjetivación: interiorizar lo que un espectador externo podría pensar de su aspecto en lugar de dar prioridad a su propia imagen. La autobjetivación está relacionada con la vergüenza corporal, los trastornos alimentarios y los trastornos del estado de ánimo, como la depresión.
Los estudios demuestran que los adolescentes a veces utilizan los selfies para buscar la aprobación de sus compañeros, así como para gestionar la dismorfia corporal, una enfermedad mental que se centra obsesivamente en los supuestos «defectos» de la apariencia de alguien. Y las redes sociales pueden empeorar las cosas: en una encuesta realizada a nivel representativo nacional en Estados Unidos en 2022, los padres de niños de entre 8 y 18 años acomplejados por su aspecto tenían el doble de probabilidades de afirmar que la autoimagen de sus hijos se veía más afectada por las redes sociales que por la vida real.
Las redes sociales siempre han sabido adaptar los contenidos a las personas. Pero ahora las tendencias que antes tardaban meses o años en filtrarse en el imaginario popular lo hacen en días. En lugar de buscar mensajes masivos, los anunciantes están descubriendo micromercados extremadamente específicos basados en datos demográficos y en el comportamiento en línea. Se trata de una evolución inquietante que, de repente, hace que la ecuación niños+serums antienvejecimiento cobre sentido.
(Relacionado: El melanoma está siendo sobrediagnosticado a un ritmo «alarmante»)
¿Qué significa todo esto para las jóvenes?
Está la pregunta obvia de si la piel de adolescentes y preadolescentes, a menudo sensible (¡y ya sin arrugas!), puede soportar los ingredientes agresivos diseñados para borrar las arrugas del mapa, y abundan los informes de reacciones alérgicas y enloquecimientos faciales. Tampoco está claro qué significa para la piel joven la moda de las inyecciones preventivas de Botox, diseñadas para evitar la aparición de arrugas.
Pero cuanto más observo estos fenómenos, más me preocupa lo que la escasez de rostros envejecidos en Internet pueda causar en el sentido de la realidad de los niños, y en la percepción que tengan de sí mismos cuando empiecen a envejecer.
Hurd teme algo más: que el creciente interés por los productos «antienvejecimiento» perpetúe los prejuicios.
«Le estamos diciendo a la gente a la cara que estamos en contra del envejecimiento», afirma; «estamos vendiendo esta idea de que deberíamos tenerle miedo y, mejor aún, deberíamos combatirlo».
Este miedo acarrea consecuencias reales para las personas mayores, afirma Hurd, desde el edadismo casual hasta prácticas institucionales y sociales que excluyen, deshumanizan y ponen en peligro a los adultos mayores. La investigación de Hurd revelaque el estigma social perjudica la autoestima de las personas mayores, especialmente de las mujeres.
La autoimagen es sólo el principio: la discriminación en el trabajo, los problemas para encontrar pareja y la pérdida de «valor social» se asocian al aspecto de la vejez. La discriminación por edad puede incluso fomentar el maltrato de las personas mayores: aunque la investigación sobre el tema está aún en sus inicios, los investigadores están descubriendo vínculos entre cometer y tolerar el desprecio a los mayores.
Pero no tenemos por qué hacerlo, y quizá la supuesta epidemia de los llamados Sephora Kids nos ofrezca a los adultos la oportunidad de revisar nuestras propias actitudes sobre el envejecimiento.
¿Y si en lugar de escudriñar nuestros rasgos en busca de pómulos arrebatados, pensáramos en el privilegio que sería ganar aún más arrugas, descolgamientos y cicatrices? ¿Y si enseñáramos a nuestros hijos a reconocer un filtro, a detectar un deepfake o a identificar los signos reveladores de una edición fotográfica excesiva?
Puede sonar a cuento chino, pero como señala Hurd, hay formas de luchar contra la discriminación por edad en el mundo real: la gente puede abogar por políticas que apoyen a los adultos mayores, conocer a sus mayores y buscar formas de mezclar generaciones en su vida social.
Cuando colgué el teléfono con Hurd, decidí tachar «suero nocturno actualizado» de mi lista y recordarme a mí misma que debo buscar mis 43 años de experiencia la próxima vez que me mire al espejo. Es hora de luchar contra mi propio edadismo interiorizado.



